Si en las películas de terror que había visto, los ambientes siempre solían ser oscuros y tenebrosos, nada tenían que ver con aquel lugar.
El pasillo por el cuál corría estaba flanqueado por paredes extremadamente blancas, limpias, pulidas y bastante altas, coronadas con un techo estilo circular que las unía. El piso, recubierto de unos mosaicos del mismo color, compartía las mismas condiciones.
El aparente infinito corredor también poseía ventanales, de unos tres metros de largo por uno de alto, estaban enfrentados de a pares cada unos diez metros, acompañando la curvatura del techo a partir de la unión con las paredes. Lamentablemente el que estuvieran allí no le ayudaba en nada, no podía escapar a través de ellos ni tampoco le aportaban una gota de aire fresco, se los veía totalmente herméticos. Dejaban además entrar una luz blanca, tan brillante, potente y cegadora, que rebotando en techo, paredes y piso, le lastimaba los ojos.
Había otro detalle que lo aterraba más que todos los anteriores, aquellos muros no se encontraban a mayor distancia que un metro entre sí, lo que le daba una increíble sensación de claustrofobia.
Como siempre al comenzar la pesadilla se encontraba corriendo tan rápido como podía, esto no le resultaba fácil, el aire allí parecía muy denso y viciado, y debía hacer un esfuerzo sobrenatural para lograr que ingresara a sus pulmones. Así y todo parecía no brindarle suficiente oxígeno, era como respirar repetidamente dentro de una bolsa. Llevaba puesto un piyama también de color blanco, totalmente humedecido por su transpiración, y estaba descalzo.
La vista le falló y se tambaleó, aunque pudo recuperarse.
Siempre aparecía allí encontrándose en un estado bastante deplorable, esto lo perjudicaba, porque no podía darse el lujo de detenerse a descansar. Siguió avanzando cuanto pudo hasta que le asaltó un nuevo apagón en su visión, no pudo evitar que sus piernas flaquearan, y cayó.
A pesar de la terrible fatiga y debilidad extrema se puso en pie ni bien sintió que el piso comenzaba a calentarse. Siempre pasaba lo mismo, cada vez que se detenía, la superficie bajo él comenzaba a tomar temperatura y ya no volvía a enfriarse. El dolor llegaba a ser casi intolerable, pudiendo percibir incluso el olor dulzón de su propia carne asada. Igualmente se quedó unos momentos algo inclinado, con las manos apoyadas sobre los cuádriceps de sus piernas semiflexionadas. La transpiración le chorreaba por la cara goteando hasta el piso donde al llegar se evaporaba. Sentía el corazón latiéndole en la garganta al mismo ritmo que se contraía y expandía su pecho, y lo peor de todo… aquel otro sonido.
Podía percibirlo fuerte y claro resonándole en los tímpanos. Juntó coraje y volvió la vista, pero solo encontró lo mismo de siempre, una igual e infinita extensión de aquel maldito pasillo hacia sus espaldas. Mas allá de eso sabía que esa percepción no era cierta, su perseguidor estaba allí, acechándole, acercándose más y más. El sonido cada vez era más potente, debía continuar.
Juntó fuerzas y se lanzó a correr nuevamente.
Habían pasado tres años desde que había tenido aquel mal sueño por primera vez. Tenía unos doce por aquel entonces. Al principio le ocurría no más de una vez al mes, y verdaderamente no era tan aterrador. Aquel siniestro corredor era lo suficientemente corto como para llegar a su final rápidamente y sin agotarse. Allí se encontraba una extraña puerta de madera tallada, que al cruzarla, hacía que despierte y que todo terminara. No tenía idea que alguien iba en pos de él, pero luego con el pasar del tiempo, tuvo que reconocer que el miedo siempre había existido, y que muy en el fondo lo sabía.
Pero la pesadilla recurrente había ido aumentado su frecuencia y tenacidad. Las condiciones en el corredor eran cada vez peores. El aire más denso, la luz más cegadora, su estado físico más deplorable y lo último que se había agregado era lo del piso, que le llegaba a quemar como el mismísimo infierno. La puerta cada vez estaba más lejos, hasta llegaba a pensar que un día simplemente desaparecería. Al cruzarla ya no despertaba, sino que lo enviaba a lugares tan completamente extraños y mórbidos que prefería no recordarlos. Allí debía esconderse hasta despistar a su perseguidor, solo entonces lograba despertar.
Ahora su tiempo se agotaba, no era tonto, no le quedaba mucho. Solo era cuestión de días para que lo atrapara. Si tan solo pudiera saber qué o quién era aquel ser. Por qué se empeñaba tanto en perseguirlo. E increíblemente, sabía que en el fondo conocía la respuesta, quería poseerlo, absorberlo. Si luego despertaba, ya no volvería a ser el mismo jamás.
Siguió y siguió adelante, jadeando y dejando atrás una incontable cantidad de ventanales. Cada pisada sobre el suelo candente era una nueva punzada de terrible dolor.
Finalmente y cuando ya lo estaba abandonando la esperanza, muy a lo lejos divisó la puerta destacándose recortada en el intenso blanco. Sonrió y se detuvo por un momento. Al instante escuchó las pisadas de su perseguidor, llevaban un ritmo firme y aterrador que golpeaba su cabeza, descontando los pocos metros que le faltaban para llegar a él.
Con su último dejo de fuerza se lanzó a correr nuevamente, sino llegaba a la puerta en esta oportunidad ya no lo haría. El piso ahora quemaba como un hierro al rojo vivo y el aire parecía un líquido, se sentía intentando respirar sumergido en una pileta. La maldita puerta seguía inalcanzable en la distancia. Poseía esa horrible sensación común de las pesadillas, en las que uno corre siempre en el mismo lugar. Cerró los ojos y solo se concentró en seguir adelante, cuando volvió a abrirlos por fin estaba más cerca. Los músculos de sus piernas estaban quemándole y sentía que el corazón iba a estallarle.
Por fin alcanzó la puerta, se lanzó sobre ella convencido de que un metro más hubiera significado su muerte.
Aterrizó del otro lado sin poder moverse y le dolía absolutamente todo, pero sabía que debía salir de allí. Para su suerte el piso ya no quemaba, y el aire del lugar aunque repugnante era respirable. Como pudo alzó la vista, se encontraba en una especie de oscuro depósito. Este sí podía decirse que era digno de una película de terror. Las paredes estaban completamente derruidas y llenas de humedad. Del techo algo desmoronado, no dejaba de chorrear agua putrefacta. A través de él, podía ver la penumbra que anunciaba la llegada de una noche probablemente eterna. En el suelo, corrían una incontable cantidad de enormes ratas, y algunas ya empezaban a mirarlo con una creciente curiosidad.
El sitio estaba lleno de basura de todo tipo, miles de objetos de todos los tamaños, formas y materiales, se apilaban hasta llegar a unos veinte metros de altura. Largos pasillos partían entre las montañas de residuos. No tenía idea de cuales serían las dimensiones de aquel lugar, pero supuso que sería infinito.
Con un esfuerzo sobrehumano se puso de pie, todo su cuerpo dolorido le pedía a gritos que se rindiera, pero su fuerza de voluntad ganó una vez más. Se lanzó trotando al azar por uno de los pasillos. De inmediato a su espalda escuchó a la puerta abrirse nuevamente, su perseguidor ya estaba allí. Llegó a una bifurcación y dobló a la derecha, siguió avanzando y volvió a doblar. Quería estar seguro de perderlo.
Delante de él y algo cubierto por una pila de basura, divisó un canasto circular fabricado con una especie de mimbre. Tenía aproximadamente metro y medio de altura y casi uno de diámetro. Trepo por la pila de basura que lo circunvalaba, quitó la tapa, se metió dentro de él, y volvió a colocarla. No le pareció que fuera el mejor escondite, pero ya no había vuelta atrás.
No logró su objetivo, por el sonido pudo comprobar que no había despistado a su perseguidor. Pudo sentir como los pasos se acercaban hacia él ¿habría podido seguir su olor? Sus pisadas ya eran poderosos estruendos. El temor lo invadió por completo. Se arrolló abrazándose las piernas, apretó los ojos y comenzó a llorar. Moriría, no tenía más dudas, pero… debía ser de ese modo. ¡No! No quería morir invadido por el terror. Aclaró su mente y fue entonces cuando percibió que aquel ser se aproximaba por el sentido opuesto al que él había llegado, o sea, sino había seguido su olor tal vez pasara de largo. Esta sería la única oportunidad de verlo, ya no le importaba el arriesgarse, de todos modos la siguiente vez quizás ni siquiera podría llegar a alcanzar la puerta. Levantó lentamente un poco la tapa del canasto de mimbre, solo lo suficiente para poder observar.
La impresión de cuando apareció, fue como si un tarro de ácido le cayera encima, era verdaderamente monstruoso. Su aspecto repulsivo era acompañado por un hedor tan nauseabundo que le provocaron ganas de vomitar. Se contuvo.
Solo fue un instante, llegó, pasó y continuó su camino.
Tomás una noche más, se despertó en su cama totalmente transpirado.
No pudo volver a dormir, su cabeza rondaba una y otra vez en torno a aquella bestia. Al verlo no solo pudo apreciar su aspecto, sino también lo que representaba. Aquello era el odio, el rencor, el miedo, todas las cosas que deseaba mantener fuera de él. Lo supo porque pudo verlo a los ojos, eso fue lo que le produjo aquella terrible sensación de terror, el ver que aquel ser, tenía un rostro igual al suyo.