¿Por qué lo castigas torero?

Y con el último esfuerzo resopla su aliento,

arrastra sus patas, casi no sostiene el cuerpo.

Y con sus ojos perdidos casi ya en sueños,

lo mira con inocencia, en suplicante deseo,

por favor respóndeme ¿qué te hice torero?

La sangre chorrea hasta sus pesuñas,

de espeso rojo va tiñendo el suelo,

camina sentido por aquel matadero,

a cuestas las lanzas que le clavó un carnicero.

Espuma en la lengua que jadeante asoma,

brillo en los ojos que entristecidos no entienden,

bravura ya extinguida, dolor que no comprende,

a los que sólo por gusto con su dolor se divierten.

El asesino se acerca, su acero forjado apunta,

haciendo alarde de sus golpes certeros,

rugen las bestias pidiendo la muerte,

de un ser que no entiende, atónito, inocente.

Vivir el cruel martirio de sin querer ser parte,

de oscuros, inmundos y perversos deseos,

de pie hasta el final aguarda el golpe certero,

ya dile por favor, ¿por qué lo castigas torero?

El otro.

Hoy he vuelto a Derceto y me di cuenta que sus fantasmas siguen allí, pensé que los había exorcizado, extinguido, extraídos de esencia, sacados de mi interior como una nada pestilente que ya no volvería a molestar… pero me equivoqué. Las voces pueden acallarse, controlarse y aplacarse, pero siempre estarán ahí para manifestarse, porque son parte de uno.

El otro, habita allí esperando la oportunidad de resurgir, de salir, de volver a tomar el control aunque sea tan sólo por unos pocos segundos. Pocos segundos que le servirán para arruinar y tirar al piso el trabajo de años de análisis introspectivo. El otro se siente fuerte, me aparta y me dice aquí estoy, nunca lograste acabar conmigo. Entonces lo enfrento, sé que me ha tomado con la guardia baja pero aún así lo enfrento. Combato su odio, su impulsividad, su violencia. Miro su rostro, miro a un rostro que se parece mucho al mío, y tomo conciencia que me estoy mirando a mí mismo. Sé que puedo hacerlo y un momento después  lo he vencido nuevamente, y vuelve miserable  a sus tinieblas, donde sólo existe el frío y el rechinar de dientes.

Atrapado en el bosque de Mametz.

Alguna vez Wynns me contó que Buda antes de morir se había recostado bajo los árboles de salas, me parece cómico recordar este tipo de cosas ahora, siempre odié cuando se ponía a filosofar. Sin embargo en el tiempo que llevo caminando dentro de este bosque, he pensado al respecto, y no puedo evitar que mucho de lo que decía (más allá de que era un joven bastante reservado) venga a mi mente. En fin, tal vez lo escuchaba mucho más de lo que yo creía. Ahora al igual que Buda, estoy sentado bajo un gran árbol, pero esperando que mi propio dios me ilumine.

La herida de la pierna no fue limpia, la bala ha quedado dentro y me produce un dolor terrible que ha ido acrecentándose con el correr de los días. La he revisado y está completamente negra, supongo que es gangrena.  Me siento cansado, débil y afiebrado, tampoco tengo comida ni agua; es todo. Quiero aprovechar estos últimos momentos para hacer algo que deseo, en lugar de seguir desperdiciándolos en la esperanza inútil de encontrar una salida. Para eso, me he apoderado de algunas páginas del diario o boceto de libro de Wynns.

Me siento desorientado, no estoy exactamente seguro de cuanto tiempo pasó, pero calculo que hoy debe ser 11 o 12 de julio. Desde el día primero en que se ordenaron los primeros ataques en toda la región de Somme, los rumores que corrían por las trincheras no eran los mejores. Las defensas alemanas eran muy superiores a lo que se suponía debían ser, y hemos pagado ese error con sangre. La única noticia positiva, era que se habían logrado algunos avances en las cercanías de nuestra posición.

A la 38º división nos destinaron a las afueras del bosque de Mametz, y el día 7 finalmente nos pusieron en acción con la misión de limpiarlo; fue un desastre.

Algunos oficiales nos ordenaron salir de las trincheras caminando, confiados en que las defensas alemanas habían sido destruidas con el fuego previo de artillería, pero no fue así. Al recorrer algunos metros comenzaron a tronar los disparos de su propia artillería que cayeron diezmándonos. Además abrieron un incesante fuego de ametralladora contra nuestras filas que caminaban en línea facilitándoles el trabajo. Dios, fue un espectáculo horrible y aterrador, en un momento resbalé y caí a lo largo, y pude ver como una increíble cantidad de sangre se iba mezclando con el lodo. Para empeorar aún más las cosas, escuché el ruido de motores de aviones acercándose, y una nueva lluvia de metralla barrió el campo por el que inútilmente intentábamos alcanzar los límites del bosque. Giré y vi como se alejaban varios monoplanos Fokker perseguidos por cazas aliados. No pude distinguir el origen de estos últimos, probablemente eran franceses. Recuerdo que mi mente se nubló y el corazón se me salía del pecho, pero llegué a pensar que si me quedaba allí sólo era cuestión de tiempo para que algo del fuego de artillería alemana cayera sobre mí. Me levanté y olvidé toda orden, corrí sin pensar y gritando tan fuerte como podía. Divisé un fuego pulsante que delató la presencia de un nido de ametralladora oculto en los límites del bosque. Moviéndome en zigzag para evitarlo y disparando, llegué a la primera línea enemiga. Entonces me di cuenta que no estaba solo, otros tantos lo habían conseguido. Cargamos con las bayonetas contra el enemigo y tomamos las trincheras.

A las dos horas ya éramos casi un centenar de hombres cuidando aquella posición. Sólo había entre nosotros un joven oficial, al cual sólo yo le seguía en rango, el resto eran todos soldados rasos. El oficial no pudo lograr establecer una comunicación con el campamento de base, y supuso que el mismo avance debía haberse logrado en varios puntos, entonces nos ordenó seguir hasta tomar la segunda línea de defensa. Ese fue el segundo gran error. Las fuerzas alemanas de la primera línea aún seguían siendo fuertes a nuestros alrededores. Ni bien partimos se cerraron en un movimiento de pinzas sobre nosotros volviendo a tomar las trincheras en un contragolpe relámpago. Nos enteramos de esto al ser repelidos por el fuego de la segunda línea y querer volver a nuestra posición inicial. Así que muy pronto nos vimos atrapados.

Con el correr de las horas se hizo evidente que no cabía la posibilidad de esperar algún tipo de rescate. Los ruidos del combate habían cesado, los aliados habían frenado su carga y la presión sobre el oficial para que tomara una decisión se hacía enorme. Varios soldados al igual que yo, casi lo doblábamos en edad, y no todos veían en él una figura de autoridad. Decidió que lo mejor sería aguardar el paso de la noche e intentar retomar las trincheras al amanecer, aunque era previsible que estarían esperándonos. Recuerdo el recuento de entonces, contábamos con setenta y siete hombres.

Nuestros planes no pudieron llevarse a cabo porque ese mismo atardecer vino a nuestro encuentro un grupo proveniente de la segunda línea de defensa. Literalmente vinieron a cazarnos. Nuevamente el combate fue crudo y el oficial ordenó finalmente retirarnos hacia el sur. Nos pudimos reagrupar brevemente, sólo quedábamos unos veinte para entonces. La idea ahora era seguir marchando en esa dirección tratando de escapar de la persecución y buscando un punto abierto en la primera línea por donde replegarnos. Volvieron a alcanzarnos, y entonces ya no hubo forma de rechazarlos. Fue entonces cuando sentí el pinchazo en el muslo de mi pierna derecha. Curiosamente en el primer momento no sentí dolor, aunque me pasé la mano por la zona y la sentí húmeda. Al exponerla a la poca luz que todavía penetraba entre las hojas vi que estaba de color negruzco. Sabía que era sangre, me invadió una terrible sensación de terror, pero por suerte no impidió que siguiera combatiendo. Cuando se nos terminaron las municiones nos deshicimos de todo el peso y corrimos dispersándonos en el bosque sin pensar en absolutamente nada. Pasé esa noche acurrucado contra un árbol, y a la mañana siguiente sólo pude reencontrarme con tres de mis compañeros. Desde entonces, sólo fuimos los cuatro.

Curiosamente solo Osmar Austin y yo éramos oriundos de Gales. Austin era un tipo de más o menos mi edad, de personalidad bastante parca, y al igual que Wynns de pocas palabras. Sin duda era de todos el único combatiente de alma, y más allá de que yo era ahora el de mayor rango, él no dudaba en marchar al frente del grupo por voluntad propia.

David Williams me dijo que tenía veintidós años si mal no recuerdo, era muy agradable y de todos el más abierto. Había nacido en Inglaterra por lo cual no le caía muy bien a Austin, y se había mudado con su familia a Gales de muy pequeño.

Finalmente estaba Emblyn Wynns de unos veinticinco años, el único al que yo conocía previamente, y que poseía la personalidad más curiosa de todas, subrayo esto. Empiezo por mencionar el dato no menor de que Wynns era ¡alemán! Jamás lo confesó, y ceo que fue porque sabía que tipos como Austin no hubieran dudado en meterle una bala en la cabeza. Sin embargo había dejado algunas reseñas biográficas en su diario. Era hijo de padre alemán y madre inglesa y se había criado desde que tenía dos años en Francia. Cuando tenía diez, toda la familia se había mudado a Gales. Hablaba los tres idiomas, dato que probablemente lo hubiera alejado de la primera línea de combate (los mandos utilizaban a personas así como traductores), pero decidió también ocultar esto. Era extraño, pues se lo notaba totalmente reacio a combatir, lo que hacía preguntarme por qué alguien cómo él había decidido enlistarse. Nunca se lo pregunté, y sólo pude entenderlo a medias más tarde al leer su diario.

Estuvo a mi cargo desde que llegamos a la región de Somme, y fue el único de todo mi grupo en sobrevivir hasta donde yo sé. Ya desde un comienzo renegaba de la guerra cada vez que hablaba, incluso cuando todavía todos sentíamos la fuerza de un patriotismo intenso. Lo hacía de una forma inteligente, recurriendo a frases de escritores o filósofos, lo que no siempre era bienvenido en un ambiente donde la mayoría lo consideraba un pedante. Para su suerte sólo tomaba la palabra en ocasiones, el resto del tiempo se lo veía pensativo o escribiendo, siendo incluso víctima de bromas al respecto.

Él creía que tal vez nos impulsaban a combatir tocando la fibra de nuestro patriotismo, pero que quizás sólo seríamos utilizados para defender los intereses de unos pocos. Que habían tomado el amor a nuestra madre patria como propaganda para disponernos a matar a otros que probablemente eran víctimas de una situación similar. Creo que si Wynns no hubiera tenido la facultad de saber expresarse y también de saber callarse en el momento correcto, hubiera sido molido a golpes. Por entonces incluso lo hubiera permitido, estos temas despiertan grandes pasiones, sin embargo hoy creo que él tenía razón. En mi interior sé que combatí desde el primer día para evitar la muerte. En el fondo siempre quise que esta locura acabase para poder volver a mi hogar, a seguir con la vida que había logrado tener. De corazón deseaba la paz, y hoy me doy cuenta que en una guerra, como decía Wynns, todos somos víctimas. Cierro los ojos y veo la cara de mi esposa, y me imagino con ella en nuestra casa. Me imagino jugando con mis hijos, abrazando a mi madre, comiendo su pan de laver, yendo a pescar con mi padre; pero estoy sentado bajo este árbol, y me estoy muriendo.

La mañana del 8 de julio decidí que lo mejor sería seguir hacia el sur y volver a probar de acercarnos a la primera línea de defensa para espiar si existía algún punto libre de trincheras enemigas. A tan sólo una hora de caminata encontramos a dos alemanes y a un británico muertos. Por un lado era una buena noticia saber que otros de los nuestros podían estar por las cercanías, sin embargo quería decir que los enemigos también. El espacio entre la primera y la segunda línea de defensa alemana ronda en las 500 yardas, y aunque pueda parecer mucho no lo es. Sólo evitaba que nos vieran la importante densidad del bosque y el movernos con cuidado entre los árboles, aunque esto hacía que nuestro avance fuera muy lento. Williams decía ser un gran tirador, así que se quedó con el rifle Lee-Enfield, Austin y yo nos repartimos los Mauser de los alemanes. Wynns se conformó con cargar un revolver que conseguimos de un piloto francés derribado que encontramos el segundo día si mal no recuerdo.

A partir de entonces repetimos siempre la misma acción. Avanzábamos sigilosamente por aproximadamente dos horas. Luego nos turnábamos de a dos para acercarnos aún más cuidadosamente a las espaldas de la defensa alemana, pero lamentablemente en cada intento seguimos encontrando una interminable galería de trincheras. Hicieron un trabajo excelente, no las hubiéramos destruido con artillería ni en un millón de años. Ese fue nuestro comportamiento durante días, sé que no fueron muchos, pero créanme que con miedo, sed y hambre, cada minuto puede ser una eternidad. Apenas teníamos algo de comida y agua que habíamos conseguido de los alemanes, habíamos perdido nuestras provisiones al abandonar el equipo durante la huida. Todo continuó así hasta hoy por la mañana, cuando tuvo lugar ese lamentable encuentro.

Nunca lo vimos llegar. Estábamos con Austin esperando el regreso de Williams y Wynns. Él descansaba sentado junto a un árbol, y yo montaba guardia de espaldas junto a otro. Fue entonces cuando levanté la cabeza y lo vi. Estaba parado frente a mí a no más de diez yardas y me apuntaba con su arma. Era un modelo extremadamente extraño, estoy seguro que no era un Mauser ni nada que yo hubiera visto antes. Su ropa también era muy extraña, y llevaba puesta una máscara algo similar a las que utilizamos para protegernos de los gases, pero de un material con un aspecto que desconocía.

Cuando disparó no escuché ninguna detonación ni percibí nada en el cañón del arma. Tampoco oí el silbido de la bala pasando al costado de mi cabeza, solo una especie de zumbido que me hizo vibrar, y luego una considerable porción del grueso tronco del árbol sobre el que me apoyaba estalló. Parte de la madera astillada se clavó dolorosamente en mi nuca y mi mejilla derecha. Caí de bruces. Me sentí desorientado y no podía escuchar nada más que un fuerte pitido producido por mis propios oídos doloridos; aún lo conservo. Cuando levanté la mirada tenía al sujeto junto a mí. Antes de que pudiera dispararme, un fuerte impacto lo desequilibró. Giré la cabeza y vi a Austin con la rodilla derecha al suelo accionando el cerrojo de recarga del Mauser. Se puso de pie y volvió a disparar, logró impactarle de lleno en el pecho aunque tampoco lo derribó, ninguno de los dos disparos surtieron efecto. Esa extraña ropa parecía tener alguna especie de blindaje. Antes de que el gran valiente de Austin pudiera pensar en volver a recargar, el enemigo contraatacó. No puedo sacarme esa imagen de la cabeza, se me revuelve el estómago al recordar, la quijada de Austin literalmente estalló. Se quedó parado y sorprendido con los ojos desorbitados. Dejó caer el fusil y se llevó las manos a la cara tratando de tocar la parte que le faltaba. Pensé que el enemigo lo remataría, pero perdió interés en él y volvió a voltear hacia mí. En ese momento comenzó a recibir nuevos impactos por la espalda, Williams y Wynns habían regresado. Tengo que reconocer que Williams justificó muy bien lo que aseguró sobre su puntería, porque antes de que el sujeto volteara ya le había acertado unos nueve o diez balazos en la cabeza. No le hicieron absolutamente nada, evidentemente su máscara no era como las nuestras. Creo que si los alemanes han llegado a producir estas armas a gran escala la guerra está perdida.

No sé por qué pero cuando el enemigo vio a Wynns tubo un cambio de actitud, rompió su calma, levantó su arma, y rápidamente dirigió su ataque hacia él. El primer disparo le estalló a unos pocos metros volando el suelo por los aires, dejó un cráter considerable y hubo una consecuente lluvia de pasto y tierra. El segundo y el tercer disparo no le acertaron por poco, ambos pasaron junto a su brazo derecho y fueron a dar a un árbol que terminó derribado. Wynns que permanecía inmovilizado por el asombro, finalmente rompió su enajenamiento y corrió. El enemigo salió a perseguirlo, y aunque pasó por delante de Williams lo ignoró por completo. Este intentó dispararle mientras se alejaba pero su Lee-Enfield se atascó.

Entonces pude reaccionar, tomé mi Mauser y corrí tras de ellos. Corrí por unos diez minutos sin pensar en nada, no consideré que algún otro enemigo pudiera divisarme. Fui siguiendo los rastros de hojas rotas y escuchando los disparos sin duda provenientes del revolver de Wynns. Y finalmente lo hallé, no tuve oportunidad de ayudarlo. Al verlo no pude contener las lágrimas, estaba recostado boca arriba con la mirada perdida, sin brillo, sin vida. La herida que tenía era sorprendente, había recibido un impacto que casi le había pulverizado el tórax. Ahora sólo eran los restos de un joven brillante, uno más de los tantos que perdieron la vida en esta guerra estúpida. Tomé sus efectos personales y me marché.

No hallé ni rastros del enemigo, se había marchado de la misma forma en que llegó.

Cuando regresé encontré a Williams llorando junto al cuerpo ya sin vida de Austin, lo entendía perfectamente pero le dije al chico que debíamos irnos. Los disparos atraerían a otros alemanes y el que nos había atacado podía haber ido a buscar refuerzos (aunque en mi interior dudaba de esto, era evidente que no los necesitaba). No sabía que pasaría cuando sus mandos estuvieran consientes de que todavía había británicos vivos entre sus líneas. Williams me dijo que lamentablemente el ataque había llegado en el peor momento, él y Austin por fin habían divisado un sitio libre de trincheras enemigas.

Resignados seguimos avanzando esperando con gran ansiedad que no se oyera ni se viera ningún rastro de otro enemigo, pero no fue así. Escondidos observamos pasar algunos alemanes rastreando la zona, estaban buscando el origen de los disparos. Decidimos que era el momento de arriesgarse. Volvimos a acercarnos lentamente hacia el linde del bosque y todavía no había trincheras. Calculamos que había unas 500 yardas hasta las últimas defensas que habíamos visto, lo malo era no saber donde podrían estar escondidas más adelante.

Nuestro plan era simple, salir y correr lo más rápido posible, sortear los alambrados y rogar que no nos disparasen de ninguno de los dos bandos. Nos preparamos dejando todo el peso posible, y mientras hacía esto me sentí invadido por un miedo como el que nunca había sentido en mi vida. Miré a Williams y vi el mismo sentimiento en sus ojos, pero además, estaba observando mi pierna. Era evidente que yo no podría lograrlo, el dolor ya me resultaba insoportable, cojeaba y estaba muy débil. Entonces comprendí que no podía hacerle eso, sabía que él no me dejaría atrás cuando mi pierna ya no respondiera, volvería por mí y nos matarían a los dos. Le dije entonces que había decidido que cambiáramos de estrategia, que era muy importante que la información que teníamos sobre las defensas enemigas llegara a nuestro bando. Dije que la forma en que podíamos aumentar nuestras probabilidades era si corríamos en lugares distintos en horas distintas. Si en cambio lo hacíamos los dos al mismo tiempo, podían bajar a dos pájaros de un tiro. No estuvo de acuerdo, pero se lo ordené.

No pudimos esperar hasta cerca del anochecer para aprovechar la oscuridad, porque el patrullaje alemán se había intensificado, los escuchábamos caminando entre la maleza. Entonces nos despedimos con un abrazo de camaradería, le desee suerte y se marchó. Salió del bosque cerca del mediodía, Williams corría como el diablo y me alegré mucho por eso. Me latía el corazón con fuerza de sólo mirarlo, no quería ni imaginar como se sentiría él. En ese momento me di cuenta que no me importaba la información sobre el enemigo, sino que llegara vivo porque él representaba la esperanza. Si la suerte lo acompañaba, sería el único en sobrevivir y poder seguir adelante con su vida. Llegó sin ser visto hasta los alambrados colocados por la defensa alemana que se encontraban a la mitad del trayecto. Comenzó a cruzarlos y entonces tronaron los disparos, calculé que provenían de unas 200 o 300 yardas hacia el sur. Quise pensar en como ayudarlo, pero lamentablemente hay cosas en la vida que se resuelven en un segundo. Lo vi luchando con esfuerzo por sortear el obstáculo, pero un disparo lo alcanzó en la espalda. Entonces, el joven de 22 años al que le gustaba hacer bromas, reír y ser feliz. Ese que era músico aficionado, que soñaba con viajar por el mundo, terminó sus días colgado de un alambrado, como tétrico decorado de un triste y desolado campo de batalla, en la región de Somme.

Juro que a partir de entonces no me importó nada más, no me interesó que me encontrasen, que me disparasen o que me hicieran lo que fuese. Me quedé sentado no sé por cuanto tiempo mirándolo, esperando, manteniendo una leve esperanza, suplicando que por favor moviera un dedo, su cabeza, algo que indicara que aún había vida en él. Quería tener la posibilidad de correr a salvarlo, y sobre todo, pedirle perdón. Recién entonces y luego de semanas de sentir en mi interior una especie de angustia reprimida, oculta, pero siempre luchando por salir, me permití llorar. Lloré no sé por cuanto tiempo, lo hice por mi familia, por mis amigos, también por mis enemigos, por el mundo, y sobre todo lloré por mí. Por fin después de tanto tiempo, sentí que me limpiaba.

Me arrastré hacia el interior del bosque dejando atrás mi casco y mi fusil, la guerra ya había terminado para mí, y fue mi decisión, sólo llevé conmigo un lápiz y el diario de Wynns. Cuando llegué a este árbol recordé su historia sobre Buda y los salas, me recosté y comencé a leer, me sorprendió que tanto coincidía con él ahora. Estoy de acuerdo con su idea de que hemos sido manipulados por el discurso de muchos que aún siguen durmiendo calientes en sus camas, y que seguramente esta historia es la misma en ambos bandos. Habla del uso de la propaganda como una de las más poderosas armas, y sobre todo, del uso del miedo. Nos han aterrorizado para que creamos que nuestras familias, tierra y todo lo que queremos está en juego, y la verdad es que jamás estuve más lejos de casa. Nunca sabré exactamente por qué Wynns se enlistó, pero sospecho que para llevar sus ideas al papel sentía que debía vivir en carne propia lo que significaba el horror de vivir una guerra. ¿Pensaría igual a la hora de morir? Juro que no sé como hermanar tantos sentimientos ambiguos, al igual que no sé como Wynns razonando de este modo llegó a disparar un arma. Supongo que fue porque en esta situación extrema, él fue como fuimos todos, reducido al instinto de sobrevivir, al matar o morir y presionado a olvidar todo lo bueno que tenía.

Es increíble que tan peligrosas puedan llegar a ser las palabras, la propaganda y el miedo, y Wynns dedicó mucho esfuerzo a hacer análisis al respecto.

“Mi lucha”

Adhiero al título que les has dado a tus notas querido amigo, y sólo espero que lleguen a las manos correctas. Creo que tus ideas bien utilizadas serían algo bueno, pero también podrían ser como dijiste, la peor de las armas.

Espero que quien encuentre esta carta comprenda su verdadero espíritu, que entienda que para mí ya no es, ni mi amigo, ni mi enemigo, es simplemente un ser humano con sentimientos al igual que yo, y que le deseo lo mejor de todo corazón. Y por favor, si algún día está dentro de sus posibilidades, entréguele esta nota a mi familia para que puedan entender lo que hemos vivido, para que sepan todo lo que los he querido, y que han sido lo más importante de mi vida. Finalmente bajo este árbol encontré la iluminación, me voy en paz.

 

Sargento Morgan Underwwod

38º división.

Somme, Francia. 11 o 12 de julio de 1916.

 

 

N. del A: Foto de cabecera Battle at Mametz Wood de Christopher Williams (1918).

Su amigo… su enemigo.

Se despertó completamente transpirado de la pesadilla con una horrible certeza, lo estaba esperando en el living… sigiloso… al acecho.

Se había llegado a convertir tal vez en uno de sus mejores amigos, compartían humoradas, risas, lo había escuchado mientras le contaba grandes historias del mundo; en fin, tenían agradables momentos juntos. Pero… también sentía que lo había cambiado, formado y manipulado a un nivel tan inconsciente que ni siquiera había llegado a percibirlo. Tal era así que se descubría en ocasiones repitiendo como loro alguno de sus discursos, había llegado a pensar según alguna de sus miradas, y a buscar su aprobación en muchos sentidos.

Ahora había despertado luego de soñar con el rojo y pulsante corazón de su amigo… y enemigo. Se levantó aún medio dormido, tomó un zapato y salió al living. Encendió la luz y allí lo encontró frente a él. Antes de que pudiera arrepentirse le arrojó la improvisada arma y le acertó de lleno derribándolo.

Se acercó a los restos de su pesadilla y pudo ver los últimos destellos palpitantes de la luz de encendido. Había sido muy drástico, sólo hubiera sido cuestión de aprender  a distinguir que era lo bueno en él, después de todo, no era más que un televisor.

Navegante.

Falta poco navegante,

fuerza, lucha contra el río,

has sabido ir adelante

aunque a veces mal herido.

Te han golpeado en ocasiones,

también has perdido amigos,

algunos te han dejado

y otros tantos, han huido.

Sin embargo te acompañan,

los que han permanecido,

junto a nuevos que han llegado,

que por suerte has conocido.

Muchas cosas han pasado,

que también te han sorprendido,

un rayo de sol cayó en tu barca,

e ilumina tu camino.

Los lejanos te recuerdan,

no has caído en el olvido,

queda poco, saca fuerzas,

y vence ya a este río.

Has aceptado y no es tiempo,

de negarte al desafío,

sigue a esa luz que alumbra

desafiando, a este río;

si al final hay una meta,

será el oro conseguido.

Derceto.

Volteo a mirar la imagen difusa del ente, pero este ya ha desaparecido.

Siento como su aura que persiste me guía con su energía hacia el piso superior de Derceto. No parece prudente seguirle, pero las voces curiosas del interior son difíciles de desoír, y simplemente me veo impulsado a continuar detrás de aquella estela que deja impregnada una brillantes y una fragancia vaga en los escalones. No sé quién es, tampoco cómo llegó, ni cuál sea su intención, sólo sé que debo continuar.

Veo la luz lunar (o lo sería si al menos existiera una luna en el limbo), que tenue penetra los grasientos vidrios. Bajo cada una de mis pisadas, se oye el rechinar de los viejos escalones que delatan cualquier intención de pasar desapercibido en la cuasi oscuridad de aquella mansión, llena de lugares, que es mejor ni siquiera imaginar.

Otra vez me he despertado allí. Me pregunto si aquel extraño ser de luz pertenece a las profundidades, o simplemente ha extraviado su camino y en su desesperación de quedar atrapado me ha llamado ¡Si tan solo supiera que él posee la llave! Aún así, quiero ayudarlo prestándole mis oídos.

Puedo escuchar su lamento en la habitación del primer piso contigua a la escalera, me apresuro antes que alguien o algo más pueda alcanzarlo primero. Allí lo encuentro, desgarrado por una pena tan profunda que necesita transmitir, que me transmite, de la cuál quiere escapar, desahogarse. Puedo sentir su dolor que me angustia pero también su fuerza, sé que lo logrará, muchos como él lo han hecho. Tarde o temprano encontrará la forma de evadir la oscuridad de Derceto, y los males que en ella esconde.

Aunque sé que no puedo protegerlo de todo, llego hasta él, y simplemente hago lo mejor a mi alcance, me quedo a su lado.

Despierta y vuelve a soñar.

Despierta…

Aún no puede abrir bien sus ojos,

pero siente como la inunda

la claridad de los rayos del sol.

Ve su mano,

y juega con los dedos

que sienten la brisa que corre

al abrirse la puerta.

Se sonríe,

y con eso llena de vida todo,

llena de vida a todos.

Su energía inunda cada rincón,

cada corazón.

Y se preguntan de qué ríe,

que cosas hermosas habrá soñado.

Ella todavía no las entiende,

pero ya habrá tiempo de entender,

de crecer,

de equivocarse y aprender,

de ser quién desee ser,

de intentar,

de poder querer, y también amar.

Se siente elevada, mecida,

cómoda y protegida.

Levanta la mirada,

y se encuentra con los ojos cariñosos

y llenos de amor de su madre,

que también soñó… que la soñó,

que la deseo y la llevo en su interior,

y que por fin la tiene en sus brazo;

que sabe que no hay nada,

absolutamente nada

más importante en el mundo que ella,

y que le dará todo.

 La hace sentir llena, segura,

 y la tranquiliza.

Es el olor, los latidos de aquel corazón

que la acompañaron nueve meses.

Aquellos ojos y esa sonrisa incondicional,

la relajan y la acompañan

mientras nuevamente

se va quedando dormida,

y lentamente… vuelve a soñar.

La casa de botellas.

Viernes, muy tarde, demasiado cansado para llegar a casa y ponerme a cocinar. Hago un paso obligado por un negocio de comida rápida, y mientras espero que preparen el pedido lo veo llegar.

Hombre de unos cincuenta y largos, barba, pelo con rastas teñido de rubio, una remera amarilla algo fluorescente, saco de cuero negro hasta los gemelos y un paraguas de mujer tipo bastón en la mano.

Me sonrío, pero no porque me burlo de él, sino porque me transmite cierta energía. Siempre me agradaron las personas que no tienen ningún prejuicio de como salir a la calle. Me mira y también se sonríe. Luego de saludar al encargado del local, se acerca hasta donde estoy sentado en la barra, y aunque nunca lo había visto en mi vida, me saluda y me da la mano.

-          Te reís porque no llueve y tengo paraguas. – me dice con ironía (había estado soleado todo el día).

-          No, para nada, yo también tengo un paraguas en el bolso (es verdad, jamás lo saco, porque si me lo olvido, bueno… ley de Murphy).

No por metido, sino simplemente por estar cerca, escucho que le pide al encargado del local llamar a un amigo para reclamarle que pasara a retirar una pintura de su casa. Supuse en ese momento que debía ser algún pintor que hacía cuadros por encargo. Luego de terminar con su cometido, empezó a conversar con el encargado y también me incluyó en la charla.

Ante la pregunta de si había visitado la exposición de Picasso que se hacía en esos días, dijo que no. Explicó que no le agradaba Picasso, no solo por su arte, sino que además le caía mal el hecho de saber que trataba mal a las mujeres al igual que Dalí. Le dije que no sabía eso y que no entendía nada de arte, pero que me gustaban las pinturas de Dalí, no porque tuviera alguna explicación para eso, sino simplemente porque las miraba y me agradaban.

A continuación nos dio una clase muy interesante sobre Dalí. Nos explicó la pintura “El gran masturbador”, nos contó algunas historias sobre él, incluida una con el propio Hitler, y también nos habló sobre las tendencias de derecha del famoso pintor. Al final me di cuenta que había argumentado su punto de vista.

Sin duda me encontraba ante una persona muy instruida. Un buen ejemplo más de que no sirve de gran cosa ponerse a juzgar por las apariencias.   

Nos contó además sobre alguna de las pinturas en las que estaba trabajando, no todas parecían agradarle demasiado. Se quejó de que “todavía quedan algunos de esos románticos por ahí”, me reí y no pude evitar pasar la mente por algunos librillos de poemas que tengo.

En ese momento una de las meseras del local se acercó a saludarlo y le dijo que era estudiante del Bellas Artes, así que supuse que sí debía ser alguien conocido. El hombre le preguntó si nunca la había llevado a su casa ( ¿¿¿¿=D???? ), ella le contestó que no pero que había llevado a varias de sus amigas ( ¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿ =D ?????????? ) .

Finalmente le pregunté como se llamaba,

-          Adolfo – me dijo – pero todos me dicen Tito.

-          ¿Y su apellido?

-          Ingenieri… tano… como mi padre. ¿Y el tuyo?

-          Ariel… Silva… gallego – se rió

Seguimos hablando un rato mientras ya mi comida se enfriaba en el mostrador, y al final salí del local con Tito.

Le pregunté sobre su trabajo, y muy humilde me contestó que hacía alguna que otra cosa que le pedían y que trabajaba en un colegio. Entonces le dije que me parecía muy bueno tener la oportunidad de trabajar de lo que a uno realmente le gustaba.

Supongo que Tito se dio cuenta que lo decía más para mí que para él.

-          Mirá,  a veces simplemente es cuestión de decidirse. Yo por ejemplo me hice una casa de botellas.

-          ¿Una casa de botellas? – me lo quedé mirando. En ese momento pensé en una obra de arte a pequeña escala. ¿Pero con botellas? No recordaba cuando fue la última vez que usé una botella para algo que no sea poner agua en la heladera.

-          Sí, use miles de botellas. – En ese punto verdaderamente me sorprendí, tan solo pensar en la idea… – ¿Y sabés que edad tengo?

-          No.

-          Yo estoy en los sesenta y la empecé hace veinte años, o sea que tenía cuarenta y pico. Es así, simplemente es tomar una idea y decidirse.

-          La verdad extraordinario – le contesté.

Me despedí de Tito en la parada de su colectivo, y me dejó una sensación muy agradable. Había quedado tan absorto ante la historia de la casa de botellas que no reparé hasta el día siguiente en lo verdaderamente valioso, el mensaje en sus palabras.

Para realizarse en la vida no hay un momento,  una edad o un tiempo, es el día a día. No importa el que es, o el que dirán, después de todo… una botella puede ser muchas cosas.

O como mejor lo dijo Tito “… simplemente es tomar una idea y decidirse.”

 

http://www.youtube.com/watch?v=bCSNuPnBKc0

http://www.youtube.com/watch?v=TgUD-MW1FD0

Quince segundos.

Se detiene y la imagina,

y piensa que aquellos mismos quince segundos,

bastarían para decir muchas cosas

que sabe es mejor callar.

Y la sueña,

puede verla detrás de aquel muro amarillo,

simple, bella, inteligente…

sensible…

Y la desea,

siente que ella, podría ser ella,

que no puede contenerlo.

Desearía haber tenido un poco más de tiempo…

pero no.

Sus quince segundos han pasado,

el semáforo se puso en verde,

y él, “tiene que seguir”.