Despierta y vuelve a soñar.

Despierta…

Aún no puede abrir bien sus ojos,

pero siente como la inunda

la claridad de los rayos del sol.

Ve su mano,

y juega con los dedos

que sienten la brisa que corre

al abrirse la puerta.

Se sonríe,

y con eso llena de vida todo,

llena de vida a todos.

Su energía inunda cada rincón,

cada corazón.

Y se preguntan de qué ríe,

que cosas hermosas habrá soñado.

Ella todavía no las entiende,

pero ya habrá tiempo de entender,

de crecer,

de equivocarse y aprender,

de ser quién desee ser,

de intentar,

de poder querer, y también amar.

Se siente elevada, mecida,

cómoda y protegida.

Levanta la mirada,

y se encuentra con los ojos cariñosos

y llenos de amor de su madre,

que también soñó… que la soñó,

que la deseo y la llevo en su interior,

y que por fin la tiene en sus brazo;

que sabe que no hay nada,

absolutamente nada

más importante en el mundo que ella,

y que le dará todo.

 La hace sentir llena, segura,

 y la tranquiliza.

Es el olor, los latidos de aquel corazón

que la acompañaron nueve meses.

Aquellos ojos y esa sonrisa incondicional,

la relajan y la acompañan

mientras nuevamente

se va quedando dormida,

y lentamente… vuelve a soñar.

La casa de botellas.

Viernes, muy tarde, demasiado cansado para llegar a casa y ponerme a cocinar. Hago un paso obligado por un negocio de comida rápida, y mientras espero que preparen el pedido lo veo llegar.

Hombre de unos cincuenta y largos, barba, pelo con rastas teñido de rubio, una remera amarilla algo fluorescente, saco de cuero negro hasta los gemelos y un paraguas de mujer tipo bastón en la mano.

Me sonrío, pero no porque me burlo de él, sino porque me transmite cierta energía. Siempre me agradaron las personas que no tienen ningún prejuicio de como salir a la calle. Me mira y también se sonríe. Luego de saludar al encargado del local, se acerca hasta donde estoy sentado en la barra, y aunque nunca lo había visto en mi vida, me saluda y me da la mano.

-          Te reís porque no llueve y tengo paraguas. – me dice con ironía (había estado soleado todo el día).

-          No, para nada, yo también tengo un paraguas en el bolso (es verdad, jamás lo saco, porque si me lo olvido, bueno… ley de Murphy).

No por metido, sino simplemente por estar cerca, escucho que le pide al encargado del local llamar a un amigo para reclamarle que pasara a retirar una pintura de su casa. Supuse en ese momento que debía ser algún pintor que hacía cuadros por encargo. Luego de terminar con su cometido, empezó a conversar con el encargado y también me incluyó en la charla.

Ante la pregunta de si había visitado la exposición de Picasso que se hacía en esos días, dijo que no. Explicó que no le agradaba Picasso, no solo por su arte, sino que además le caía mal el hecho de saber que trataba mal a las mujeres al igual que Dalí. Le dije que no sabía eso y que no entendía nada de arte, pero que me gustaban las pinturas de Dalí, no porque tuviera alguna explicación para eso, sino simplemente porque las miraba y me agradaban.

A continuación nos dio una clase muy interesante sobre Dalí. Nos explicó la pintura “El gran masturbador”, nos contó algunas historias sobre él, incluida una con el propio Hitler, y también nos habló sobre las tendencias de derecha del famoso pintor. Al final me di cuenta que había argumentado su punto de vista.

Sin duda me encontraba ante una persona muy instruida. Un buen ejemplo más de que no sirve de gran cosa ponerse a juzgar por las apariencias.   

Nos contó además sobre alguna de las pinturas en las que estaba trabajando, no todas parecían agradarle demasiado. Se quejó de que “todavía quedan algunos de esos románticos por ahí”, me reí y no pude evitar pasar la mente por algunos librillos de poemas que tengo.

En ese momento una de las meseras del local se acercó a saludarlo y le dijo que era estudiante del Bellas Artes, así que supuse que sí debía ser alguien conocido. El hombre le preguntó si nunca la había llevado a su casa ( ¿¿¿¿=D???? ), ella le contestó que no pero que había llevado a varias de sus amigas ( ¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿ =D ?????????? ) .

Finalmente le pregunté como se llamaba,

-          Adolfo – me dijo – pero todos me dicen Tito.

-          ¿Y su apellido?

-          Ingenieri… tano… como mi padre. ¿Y el tuyo?

-          Ariel… Silva… gallego – se rió

Seguimos hablando un rato mientras ya mi comida se enfriaba en el mostrador, y al final salí del local con Tito.

Le pregunté sobre su trabajo, y muy humilde me contestó que hacía alguna que otra cosa que le pedían y que trabajaba en un colegio. Entonces le dije que me parecía muy bueno tener la oportunidad de trabajar de lo que a uno realmente le gustaba.

Supongo que Tito se dio cuenta que lo decía más para mí que para él.

-          Mirá,  a veces simplemente es cuestión de decidirse. Yo por ejemplo me hice una casa de botellas.

-          ¿Una casa de botellas? – me lo quedé mirando. En ese momento pensé en una obra de arte a pequeña escala. ¿Pero con botellas? No recordaba cuando fue la última vez que usé una botella para algo que no sea poner agua en la heladera.

-          Sí, use miles de botellas. – En ese punto verdaderamente me sorprendí, tan solo pensar en la idea… – ¿Y sabés que edad tengo?

-          No.

-          Yo estoy en los sesenta y la empecé hace veinte años, o sea que tenía cuarenta y pico. Es así, simplemente es tomar una idea y decidirse.

-          La verdad extraordinario – le contesté.

Me despedí de Tito en la parada de su colectivo, y me dejó una sensación muy agradable. Había quedado tan absorto ante la historia de la casa de botellas que no reparé hasta el día siguiente en lo verdaderamente valioso, el mensaje en sus palabras.

Para realizarse en la vida no hay un momento,  una edad o un tiempo, es el día a día. No importa el que es, o el que dirán, después de todo… una botella puede ser muchas cosas.

O como mejor lo dijo Tito “… simplemente es tomar una idea y decidirse.”

 

http://www.youtube.com/watch?v=bCSNuPnBKc0

http://www.youtube.com/watch?v=TgUD-MW1FD0

Quince segundos.

Se detiene y la imagina,

y piensa que aquellos mismos quince segundos,

bastarían para decir muchas cosas

que sabe es mejor callar.

Y la sueña,

puede verla detrás de aquel muro amarillo,

simple, bella, inteligente…

sensible…

Y la desea,

siente que ella, podría ser ella,

que no puede contenerlo.

Desearía haber tenido un poco más de tiempo…

pero no.

Sus quince segundos han pasado,

el semáforo se puso en verde,

y él, “tiene que seguir”.

Sol de otoño.

Luz entre las hojas

en mis párpados penetra,

brillando en mis retinas

 amarilla en mis pupilas.

Templado sol que alumbras

y me llevas a entresueños,

me relajas y distiendes

me acompañas y comprendes.

Voces a mis espaldas

y risas en mis oídos,

niños usan las hamacas

totalmente distraídos.

Me sonrío y los envidio

volvería una vez más,

pero sin preocupaciones,

nada más para jugar.

Finalmente se retiran

a su colegio han de volver,

su recreo ha terminado,

y el mío… también.

Dos años de precesión.

Hace dos años la Estrella Polar me habló por primera vez. Con su extraña, lúgubre y palpitante luz, llegó hasta lo profundo de mi mente como si penetrara un manto de agua hasta las más oscuras regiones abisales. Destellos como extraños códigos Morse, a veces tan claros, otras veces tan confusos, hablaron para mí, resonando en todo mi ser con un primer y estridente mensaje “escribe y cuenta mis historias”. Desde aquel momento me visita en las noches convirtiendo mis sueños en extrañas imágenes y guiándome a través de mundos y tiempos en los que humanamente jamás hubiera podido existir.

Hoy le he pedido que me deje en paz, que no puedo seguir, pero su poder es grande, su insistencia fuerte, y me tienta como cruel demonio que conoce mis más íntimas apetencias. Convierte mi tiempo en papel y mis números en letras ricas y tentadoras, que se combinan en aún más tentadoras palabras. En su frustración me arrancó de mi descanso llevándome a volar hasta las lejanas tierras baldías, donde todos los que han perdido la cordura en nuestro mundo, caminan guiados por sus propias estrellas a los planos donde su razón es coherente, y su existencia es palpable. Y me pregunto ¿en qué momento han abandonado la cordura? ¿Cuándo han decidido abrazar la locura de una vida donde la única estructura es el propio deseo? Quiero irme y deseo quedarme. Levanto la vista y encuentro a la Estrella Polar que tenebrosa e intimidante cubre todo mi cielo. Centelleante, palpitante, está contenta porque ha obtenido su venganza ante mi negativa y me envía risueña su nuevo mensaje… “duerme”.

 

Nota del autor: Gracias a todos los que han pasado a leer durante estos dos años =)

 

 

 

Tierra.

Miles de años lleva el hombre

contemplando el cosmos,

observando galaxias, estrellas y nebulosas,

soñando con otros mundos.

Y lo más curioso, lo más hermoso,

lo más extraño que ha hallado,

la manifestación de la improbabilidad,

ese uno en un millón, es su propio hogar.

A este curioso lugar, lo llamó Tierra.

Es la dueña de una belleza inigualable,

con grandes océanos, mares y ríos,

de copiosas selvas, montañas y desiertos,

donde existe la vida, única como la conocemos.

Y como si todo esto aún fuera poco,

la improbabilidad de la improbabilidad,

se manifiesta en ella.

De millones de organismos que la habitan,

que nacen, crecen, se reproducen y mueren,

que viven en una total simbiosis y armonía,

y sin poder causarle el menor daño,

existe uno y solo uno con la capacidad de razonar.

Este brillante animal con el don de pensar,

de poder modificarla al actuar sobre ella,

de poder llegar a entender,

lo única e irrepetible,

lo maravillosa y profundamente bella que es,

es el propio ser humano.

Y curiosamente,

es el único que la está matando.

La pesadilla de Tomás.

Si en las películas de terror que había visto, los ambientes siempre solían ser oscuros y tenebrosos, nada tenían que ver con aquel lugar.

El pasillo por el cuál corría estaba flanqueado por paredes extremadamente blancas, limpias, pulidas y bastante altas, coronadas con un techo estilo circular que las unía. El piso, recubierto de unos mosaicos del mismo color, compartía las mismas condiciones.

El aparente infinito corredor también poseía ventanales, de unos tres metros de largo por uno de alto, estaban enfrentados de a pares cada unos diez metros, acompañando la curvatura del techo a partir de la unión con las paredes. Lamentablemente el que estuvieran allí no le ayudaba en nada, no podía escapar a través de ellos ni tampoco le aportaban una gota de aire fresco, se los veía totalmente herméticos. Dejaban además entrar una luz blanca, tan brillante, potente y cegadora, que rebotando en techo, paredes y piso, le lastimaba los ojos.

Había otro detalle que lo aterraba más que todos los anteriores, aquellos muros no se encontraban a mayor distancia que un metro entre sí, lo que le daba una increíble sensación de claustrofobia.

Como siempre al comenzar la pesadilla se encontraba corriendo tan rápido como podía, esto no le resultaba fácil, el aire allí parecía muy denso y viciado, y debía hacer un esfuerzo sobrenatural para lograr que ingresara a sus pulmones. Así y todo parecía no brindarle suficiente oxígeno, era como respirar repetidamente dentro de una bolsa. Llevaba puesto un piyama también de color blanco, totalmente humedecido por su transpiración, y estaba descalzo.

La vista le falló y se tambaleó, aunque pudo recuperarse.

Siempre aparecía allí encontrándose en un estado bastante deplorable, esto lo perjudicaba, porque no podía darse el lujo de detenerse a descansar. Siguió avanzando cuanto pudo hasta que le asaltó un nuevo apagón en su visión, no pudo evitar que sus piernas flaquearan, y cayó.

A pesar de la terrible fatiga y debilidad extrema se puso en pie ni bien sintió que el piso comenzaba a calentarse. Siempre pasaba lo mismo, cada vez que se detenía, la superficie bajo él comenzaba a tomar temperatura y ya no volvía a enfriarse. El dolor llegaba a ser casi intolerable, pudiendo percibir incluso el olor dulzón de su propia carne asada. Igualmente se quedó unos momentos algo inclinado, con las manos apoyadas sobre los cuádriceps de sus piernas semiflexionadas. La transpiración le chorreaba por la cara goteando hasta el piso donde al llegar se evaporaba. Sentía el corazón latiéndole en la garganta al mismo ritmo que se contraía y expandía su pecho, y lo peor de todo… aquel otro sonido.

Podía percibirlo fuerte y claro resonándole en los tímpanos. Juntó coraje y volvió la vista, pero solo encontró lo mismo de siempre, una igual e infinita extensión de aquel maldito pasillo hacia sus espaldas. Mas allá de eso sabía que esa percepción no era cierta, su perseguidor estaba allí, acechándole, acercándose más y más. El sonido cada vez era más potente, debía continuar.

Juntó fuerzas y se lanzó a correr nuevamente.

Habían pasado tres años desde que había tenido aquel mal sueño por primera vez. Tenía unos doce por aquel entonces. Al principio le ocurría no más de una vez al mes, y verdaderamente no era tan aterrador. Aquel siniestro corredor era lo suficientemente corto como para llegar a su final rápidamente y sin agotarse. Allí se encontraba una extraña puerta de madera tallada, que al cruzarla, hacía que despierte y que todo terminara. No tenía idea que alguien iba en pos de él, pero luego con el pasar del tiempo, tuvo que reconocer que el miedo siempre había existido, y que muy en el fondo lo sabía.

Pero la pesadilla recurrente había ido aumentado su frecuencia y tenacidad. Las condiciones en el corredor eran cada vez peores. El aire más denso, la luz más cegadora, su estado físico más deplorable y lo último que se había agregado era lo del piso, que le llegaba a quemar como el mismísimo infierno. La puerta cada vez estaba más lejos, hasta llegaba a pensar que un día simplemente desaparecería. Al cruzarla ya no despertaba, sino que lo enviaba a lugares tan completamente extraños y mórbidos que prefería no recordarlos. Allí debía esconderse hasta despistar a su perseguidor, solo entonces lograba despertar.

Ahora su tiempo se agotaba, no era tonto, no le quedaba mucho. Solo era cuestión de días para que lo atrapara. Si tan solo pudiera saber qué o quién era aquel ser. Por qué se empeñaba tanto en perseguirlo. E increíblemente, sabía que en el fondo conocía la respuesta, quería poseerlo, absorberlo. Si luego despertaba, ya no volvería a ser el  mismo jamás.

Siguió y siguió adelante, jadeando y dejando atrás una incontable cantidad de ventanales. Cada pisada sobre el suelo candente era una nueva punzada de terrible dolor.

Finalmente y cuando ya lo estaba abandonando la esperanza, muy a lo lejos divisó la puerta destacándose recortada en el intenso blanco. Sonrió y se detuvo por un momento. Al instante escuchó las pisadas de su perseguidor, llevaban un ritmo firme y aterrador que golpeaba su cabeza, descontando los pocos metros que le faltaban para llegar a él.

Con su último dejo de fuerza se lanzó a correr nuevamente, sino llegaba a la puerta en esta oportunidad ya no lo haría. El piso ahora quemaba como un hierro al rojo vivo y el aire parecía un líquido, se sentía intentando respirar sumergido en una pileta. La maldita puerta seguía inalcanzable en la distancia. Poseía esa horrible sensación común de las pesadillas, en las que uno corre siempre en el mismo lugar. Cerró los ojos y solo se concentró en seguir adelante, cuando volvió a abrirlos por fin estaba más cerca. Los músculos de sus piernas estaban quemándole  y sentía que el corazón iba a estallarle.

Por fin alcanzó la puerta, se lanzó sobre ella convencido de que un metro más hubiera significado su muerte.

Aterrizó del otro lado sin poder moverse y le dolía absolutamente todo, pero sabía que debía salir de allí. Para su suerte el piso ya no quemaba, y el aire del lugar aunque repugnante era respirable. Como pudo alzó la vista, se encontraba en una especie de oscuro depósito. Este sí podía decirse que era digno de una película de terror. Las paredes estaban completamente derruidas y llenas de humedad. Del techo algo desmoronado, no dejaba de chorrear agua putrefacta. A través de él, podía ver la penumbra que anunciaba la llegada de una noche probablemente eterna. En el suelo, corrían una incontable cantidad de enormes ratas, y algunas ya empezaban a mirarlo con una creciente curiosidad.

El sitio estaba lleno de basura de todo tipo, miles de objetos de todos los tamaños, formas y materiales, se apilaban hasta llegar a unos veinte metros de altura. Largos pasillos partían entre las montañas de residuos. No tenía idea de cuales serían las dimensiones de aquel lugar, pero supuso que sería infinito.

Con un esfuerzo sobrehumano se puso de pie, todo su cuerpo dolorido le pedía a gritos que se rindiera, pero su fuerza de voluntad ganó una vez más. Se lanzó trotando al azar por uno de los pasillos. De inmediato a su espalda escuchó a la puerta abrirse nuevamente, su perseguidor ya estaba allí. Llegó a una bifurcación y dobló a la derecha, siguió avanzando y volvió a doblar. Quería estar seguro de perderlo.

Delante de él y algo cubierto por una pila de basura, divisó un canasto circular fabricado con una especie de mimbre. Tenía aproximadamente metro y medio de altura y casi uno de diámetro. Trepo por la pila de basura que lo circunvalaba, quitó la tapa, se metió dentro de él, y volvió a colocarla. No le pareció que fuera el mejor escondite, pero ya no había vuelta atrás.

No logró su objetivo, por el sonido pudo comprobar que no había despistado a su perseguidor. Pudo sentir como los pasos se acercaban hacia él ¿habría podido seguir su olor? Sus pisadas ya eran poderosos estruendos. El temor lo invadió por completo. Se arrolló abrazándose las piernas, apretó los ojos y comenzó a llorar. Moriría, no tenía más dudas, pero… debía ser de ese modo. ¡No! No quería morir invadido por el terror. Aclaró su mente y fue entonces cuando percibió que aquel ser se aproximaba por el sentido opuesto al que él había llegado, o sea, sino había seguido su olor tal vez pasara de largo. Esta sería la única oportunidad de verlo, ya no le importaba el arriesgarse, de todos modos la siguiente vez quizás ni siquiera podría llegar a alcanzar la puerta. Levantó lentamente un poco la tapa del canasto de mimbre, solo lo suficiente para poder observar.

La impresión de cuando apareció, fue como si un tarro de ácido le cayera encima, era verdaderamente monstruoso. Su aspecto repulsivo era acompañado por un hedor tan nauseabundo que le provocaron ganas de vomitar. Se contuvo.

Solo fue un instante, llegó, pasó y continuó su camino.

Tomás una noche más, se despertó en su cama totalmente transpirado.

No pudo volver a dormir, su cabeza rondaba una y otra vez en torno a aquella bestia. Al verlo no solo pudo apreciar su aspecto, sino también lo que representaba. Aquello era el odio, el rencor, el miedo, todas las cosas que deseaba mantener fuera de él. Lo supo porque pudo verlo a los ojos, eso fue lo que le produjo aquella terrible sensación de terror, el ver que aquel ser, tenía un rostro igual al suyo.